El informe "El nuevo opio del consumidor: Dopamina, redes sociales y el efecto en la Inteligencia Emocional" que circula en redes sociales alerta sobre los efectos psicológicos del ecosistema digital actual, en el que las marcas, a través del uso de dopamina, podrían estar deteriorando el bienestar emocional de toda una generación.Este crecimiento ha sido impulsado por la adopción de nuevas plataformas,como la red social TikTok, que registra a la fecha del reporte, más de 13 millones de usuarios (mayores de 18 años y equivalente al 104.5% de la población adulta del país.
En cuanto al tiempo dedicado a las redes sociales, los ecuatorianos pasan en promedio 2 horas y 21 minutos diarios en estas plataformas, alineándose con la media global . Este nivel de uso sugiere una fuerte integración de las redes sociales en la vida cotidiana de la población ecuatoriana,dice el documentos resumen de dicho informe.
Ante este panorama, Daniel Carles, profesor de Broward International University (BIU) perteneciente a Planeta Formación y Universidades, advierte sobre los impactos de este consumo digital masivo. Según un nuevo análisis académico, el marketing digital contemporáneo ya no solo vende productos, experiencias o estilos de vida; vende química cerebral. En este modelo, los contenidos diseñados para disparar estímulos dopaminérgicos están generando efectos adversos en la salud emocional de los usuarios, desde la fragmentación de la atención hasta la reducción progresiva de la capacidad de autorregulación emocional.
Carles sostiene que "el sistema de recompensa del cerebro humano está siendo redirigido por las plataformas digitales y las marcas para maximizar la retención y la respuesta emocional. Esta economía de la atención basada en recompensas inmediatas se ha vuelto una constante en redes sociales como TikTok, Instagram, YouTube o Facebook. Las consecuencias son visibles: dificultades para sostener la concentración, incremento en los niveles de ansiedad, menor tolerancia a la frustración y relaciones interpersonales más frágiles".
"No se trata de suprimir lo que sentimos, sino de aprender a reconocerlo, entenderlo y expresarlo de forma adecuada" afirma Carles. Sin embargo, el ser humano se encuentra en un entorno donde todo está diseñado para estimular, reaccionar y mantener la conexión sin pausas, y es ahí donde esa regulación se ve interrumpida. "El problema no es solo cuánto tiempo pasamos en línea, sino cómo las plataformas están moldeando nuestra manera de sentir y de relacionarnos con otros", agrega.
Las redes sociales, que en un principio generaban conexión y cercanía, hoy pueden estar creando el efecto contrario. "Estamos transmitiendo versiones optimizadas de nosotros mismos a audiencias distraídas", afirma el informe, aludiendo a la forma en que los usuarios moldean su identidad emocional en función de la validación digital, más que de experiencias auténticas. Esto puede afectar especialmente a los adolescentes y jóvenes, quienes han crecido en un entorno donde la aprobación social puede obtenerse o perderse en cuestión de segundos. "Hoy, cualquier adolescente con una cámara y acceso a internet puede obtener validación social más rápido que el tiempo que tarda en calentar una taza de café", señala Carles, en un llamado a cuestionar la calidad emocional de estas interacciones.
Frente a este panorama, un análisis de BIU University propone:
●Rediseñar plataformas que integren principios de neurociencia afectiva
●Medir la calidad del vínculo con el consumidor, más allá del número de clics o impresiones.
●Fomentar espacios digitales donde se valore la desconexión, el silencio y la pausa emocional como parte del proceso humano.
"Una marca que escucha, que entiende y que acompaña puede construir relaciones duraderas sin necesidad de manipular", destaca el informe de la universidad, al resaltar casos como los de Headspace o Patagonia, que han optado por estrategias de comunicación más éticas, empáticas y sostenibles.
QUITO (Agencia ANE)._